Gemelas silenciosas: sólo la muerte de una podía liberar a la otra


Habían nacido en Barbados, en 1963, con unos 10 minutos de diferencia entre ambas. Jennifer y June Gibbons eran exactamente iguales, incluso en los gestos y, como es habitual en los gemelos, hacían todo juntas.
La vida de las niñas cambió drásticamente cuando su padre, parte de la Fuerza Aérea Real británica, fue trasladado a Gales. Las gemelas eran excluidas en el colegio y en su barrio: eran dos niñas negras en una ciudad de blancos, en la década de 1960. El acoso constante de sus compañeros las hizo cerrarse más y más, y su comportamiento se tornó inquietante. Dejaron de hablar con todos los demás; sólo se comunicaban entre ellas, empleando un idioma que nadie más comprendía.


Aunque sólo se relacionaban entre sí, su vínculo distaba mucho de ser bueno, o siquiera normal. En sus respectivos diarios íntimos, expresaban mutuos sentimientos de odio, resentimiento y celos, e incluso llegaron a asfixiarse entre ellas. Pronto comenzaron a cometer robos e incendios y fueron enviadas a un psiquiátrico de alta seguridad. Allí se les diagnosticó esquizofrenia y pasaron 11 años recluidas. Pero su comportamiento antisocial no mejoró.
La periodista Marjorie Wallace se interesó por el caso y comenzó a visitarlas regularmente en el psiquiátrico. Ella fue la primera persona que logró ganarse la confianza de las gemelas, a tal punto que le confesaron el escalofriante pacto que habían realizado: una de las dos debía morir para liberar a la otra. “Sin mi sombra, ¿moriré? Sin mi sobra, ¿obtendré una vida?” había escrito Jennifer.  
Y así ocurrió: en 1993, a la edad de 29 años, Jennifer murió en el regazo de su hermana debido a una miocarditis. Poco tiempo después, June aseguró que se sentía libre. Desde 2008 dejó el psiquiátrico y vive una vida completamente normal en Gales.

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