El anillo de bodas


El anillo, como objeto circular, ha sido desde antiguo símbolo de unidad y eternidad. No tiene principio ni fin, no tiene ángulos ni aristas y comparte forma con el Sol y los demás astros, lo que le ha conferido unas connotaciones muy positivas. Debe ser de oro, el más noble de los metales también asociado al Sol (como la plata a la Luna). Así que son dos símbolos muy poderosos los que se unen para dar forma al anillo de bodas, la alianza que sellará los pactos matrimoniales.

En la antigüedad, cuando la vida era más dura y la esperanza de vida más corta, los maridos celebraban un rito para asegurarse que los espíritus de sus mujeres no les dejarían demasiado pronto. Ataban los tobillos y muñecas de la mujer con cuerdas de hierba con la pretensión de mantener el espíritu dentro del cuerpo.
Con el correr de los años y la evolución de las creencias religiosas, las cuerdas fueron evolucionando hasta atar solamente un dedo por medio del anillo, que poseía toda la carga simbólica antes mencionada.
Las romanas acostumbraban a entregar a sus novios el annulus sponsalitius que durante el siglo II pasa a ser de oro, por ser un metal más duradero. Ello les hacía suponer que también la unión sería más permanente.
Tal simbolismo tardó en ser aceptado e incorporado al ritual religioso por la Iglesia, cosa que ocurrió durante el siglo V. La costumbre se generalizó a partir de aquél momento entre los pueblos germánicos y pasó a ser legislado su uso entre los visigodos y lombardos.
También es costumbre llevarlo en el dedo anular porque antiguamente se creía que la vena de este dedo iba directamente al corazón.
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