Edad Media: el día en que el hombre creó la armadura perfecta


A diferencia de las primitivas, que dejaban indefensas articulaciones vitales, la tecnología del Medioevo alumbró las primeras armaduras perfectas, verdaderas joyas del arte de la defensa personal.
Cuello, hombros y rodillas, quedaban expuestas cuando las primeras armaduras de combate comenzaron a forjarse. Estas regiones del cuerpo eran entonces cubiertas con placas de cuero hervido, que al secarse remedaban con falencias la rigidez del metal.
Además, los cascos y placas metálicas eran confeccionados con formas toscas, a veces tan rectas, que resultaban endebles a la hora de desviar el golpe de las armas, que entonces solían impactar en la cabeza y otras zonas sensibles.
Paulatinamente, el paso del tiempo dio lugar al desarrollo de nuevas técnicas, que lograron reemplazar el metal tan pesado por aleaciones más livianas y resistentes, permitiendo moldear formas de cascos más eficientes, con viseras, cubrenucas y golas.
Hacia el año 1400, los caballeros ya vestían armaduras completas en regiones como Francia, Italia y Alemania, hábito que se trasladaría al resto de Europa con el correr de las décadas. Por entonces, las rodillas ya estaban protegidas, al igual que los codos y partes interiores de todas las articulaciones.
Incluso las monturas y caballos lograron un blindaje adecuado, desde la testera, o frontal, para la cabeza, pasando por la protección de las crines, hasta petrales o pecheras, incluyendo flanqueras para los costados del animal. La armadura perfecta había nacido.

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